“ERES TAN GORDA QUE NO CABES EN EL AMOR”
- Renatta Casale

- 27 ene 2025
- 5 Min. de lectura

Antes de que yo naciera ya el mundo había tomado la decisión de que algo estaba muy mal en mi. Lo llamaron SER GORDA. Esto lo supe hasta que tendría 11 años aproximadamente. Los años previos al auto marcaje había escuchado hasta el hartazgo del tema, sin embargo, la flecha no me había atravesado el entrecejo. Esa flecha cargada con un veneno letal que recorrió mis venas, células, poros y todo lo que podía vibrar dentro de mí, esa que me dejó clarísimo el mensaje: Si quieres ser hermosa debes ser flaca. Si quieres ser elegida debes ser flaca. Si quieres que los hombres se enamoren de ti debes ser flaca. Si quieres verte como una mujer linda debes ser flaca. Y así a mis 12 años, cuando apenas me empezaba a relacionar con mi menstruación y feminidad, encontré una palabra que me daría todo lo que no tendría por derecho natural: DIETA. Entonces aprendí que la DIETA era el castigo que merecía por ser GORDA (Advierto que sé cuál es el significado que le da la real academia a esta palabra, la organización mundial de la salud y la cofradía internacional de los eruditos de la nutrición, incluso conozco el significado etimológico, pero nada de eso le sirve al significado que le otorgó mi versión de 12 años).
A la fecha, llevo 32 años de condena. Me he visto GORDA y me he visto “ESTÁS MÁS FLACA” miles de veces durante toda mi vida. Mi ciclo GORDI-FLACA ha aparecido en mi existencia con más notoriedad que mi ciclo menstrual por ejemplo, o mis ciclos académicos, o los ciclos de la naturaleza. Si con algo me he relacionado TODA mi vida, como si se tratara de una cadena perpetua, es con el control alimenticio.
Estoy enojada con todo lo que ha influido para que yo viviera una relación tan asfixiante con mi cuerpo. Y estoy triste porque jamás me he dado la oportunidad de conocerlo desde su plena libertad. Mi cuerpo ha sido esclavizado y mutilado con cada pensamiento de rechazo. Y si bien en el camino fui desarrollando narrativas “más amigables” como de que “lo hago por mi salud” en el fondo siempre ha estado la condena.
He hecho tantos tipos de dietas, he leído tantos libros, he visto a tantos dietistas y endocrinos, he estudiado tanto sobre los tipos de alimentación, que hoy solo siento una inmensa confusión e indignación. Creo que si alguien más me dice que coma huevo y aguacate por la mañana me voy a convertir en godzilla y literalmente voy a ir a la cárcel. Detesto cada vez más los videos en redes sociales hablando de “como debo alimentarme”.
Perdí la noción fisiológica de tanto bombardear la mental.
El atentado de las hormonas feroces

Soy una mujer saludable, funcional, y a la vez, soy gorda. Lo único que me duele en ocasiones es el estómago, por estrés. Ya no sé qué comer y además estoy cansada de toda la gestión que significa la alimentación de mi familia, de esa infinita cadena de producción. Ser responsable de que sea saludable, balanceada, sabrosa, variada. De buscarla en el supermercado, prepararla o contar con ayuda para hacerlo. Planificar. Decidir. Tener la responsabilidad de que todos coman cada día. De llevar la gestión administrativa del tema. Saber cuánto se gasta, dónde se compra, qué falta. Auxiliooooooooooo. Alimentarse no debe ser algo tan complejo.
Necesito recuperar la conexión fisiológica, amorosa y natural con la alimentación. Porque el camino tiende a complejizarse. Ahora, como la guinda que le faltaba a la historia, tengo más de 40 años y parece que con ello a la condena de GORDA le llegó un agravante: PREMENOPÁUSICA. Entonces, SOY MUJER, GORDA Y TENGO MÁS DE 40 AÑOS. Esto parece ser el indicativo de que mi cuerpo en lugar de ser el único espacio real para ejercer la vida, es un campo minado que me somete a vivir lejos del placer: Del placer de comer, de sentirme bien, de sonreír sin razón. Ahora resulta que mis hormonas son unas guerrilleras feroces que minan mi paz y yo debo apretar aún más la dieta.
Como soy rebelde por naturaleza en lugar de aceptar pasivamente el aumento de mi condena, decido tomar el sendero de liberación de mi cuerpo. Poner mi foco en conocer mi biología y fisiología, mi carne, mi piel, mis órganos, mi cara, mi cabello, mis dientes, mis huesos, todo lo que soy físicamente, desde el amor más profundo, desde la mayor gratitud, desde la curiosidad y la inocencia. Necesito recuperar el derecho de maravillarme por ellos y dejar de vivir en la sospecha de que tienen algo malo o necesitan entrar en tales o cuales prácticas para gestionarse “de la manera correcta”.
“No tienes autocontrol, ni fuerza de voluntad”

Aceptar EL PLACER, en mayúsculas, es mi nueva consigna. Relajarme. Rendirme. Total ¿qué más puedo perder? Si yo ya perdí la oportunidad de conocer mi cuerpo de niña, adolecente, veinteañera y treintañera en libertad y sin condicionamientos. Sin verme desde el juicio y la mirada fruncida de la culpa y la condena “Por no tener autocontrol o fuerza de voluntad”. Lo escribo y me vuelvo a enojar. Primero que no sé para qué (coño) quiero tener autocontrol. Segundo, que sí lo tengo. Seguramente mi autocontrol está muy por encima del estándar, en caso de que eso signifique o sirva de algo. Y mi fuerza de voluntad… guao, a lo largo de mi vida he hecho tantas cosas que han requerido tanta disciplina y constancia que sería demasiado injusto de mi parte no reconocerlas. He emprendido tantos caminos que han requerido de una inmensa y sólida voluntad. No tengo la más mínima duda de que yo tengo todo eso. Lo único que no tengo es un cuerpo flaco. Pero tengo un cuerpo tan sensorial, por ejemplo. Tan perceptivo. Además es fuerte. Saludable. Capaz de hacer cosas increíbles y de llevarme a lugares extraordinarios. Mi cuerpo, tiene magia.
Alimentarse debe ser una acto de amor, sencillo. Asimismo descansar, caminar, andar, moverse. Eso. Simple y milagroso a la vez.
Estoy cansada de que mi atención esté puesta en la comida, bien sea por control, castigo o cuidado extremo o que en ocasiones aparezca como un escape del que luego me reprocho. Quiero entrar en un romance con mi cuerpo y su alimento. Quiero dejar de pensar en ello y entregarme a la experiencia de vivir. Si quiero moverme, hacerlo. Si quiero descansar, hacerlo. Sí quiero comer, hacerlo. Si quiero no comer, no hacerlo. Me niego a seguir complejizando lo que es tan simple por naturaleza.
No me imagino a un colibrí todo el día pensando ¿Cuál flor va a chupar esta semana cada día? Analizando si una trinitaria es de alto índice glucémico, si una cayena tiene más micro nutrientes que un lirio o si la araña que se va a comer tendrá la cantidad de proteína que necesita. No me imagino al colibrí todo el día pensando a qué hora va a chupar la flor que está en tal lugar y a qué hora la otra. Creo que si el colibrí se pone en eso un día va a dejar de cantar. Se va a apagar. Va a dejar de mover sus alitas como loco. Se va a condicionar. Como yo.
Quiero que mi relación con la comida y con mis hábitos vitales sea amorosa, libre y feliz. Que surjan desde mi conciencia, desde adentro hacia afuera. Quiero aprender a amar con gratitud a mi cuerpo. Y quiero que mi mente encuentre calma ante esto. Que ella se enfoque y se ocupe de acompañar a mi creatividad para crear y compartir lo que sea que traiga o esté dispuesto para mi.
Vivir sencillo y simple, tiene que ver con pensar sencillo y simple. No sé cómo hacerlo. Ahora mismo solo cuento con una mente compleja y un cuerpo en pleno proceso de excarcelación. Me rindo. Que esto lo conduzca el amor. Y no cualquier amor, sino uno grande, enorme como yo.
Renatta Casale
Con Amor




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